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No sabés, Clarita. No sabés. Me acuerdo como si fuera ayer, mirá. Tanto tiene que sufrir una. Porque viste que soy voluntariosa, ¿no? Sí, sí. Ya sé que dicen que soy terca. De puro envidiosos, nomas. La cuestión es que vengo acordándome seguido. Me vino a la mente el doctor ese, el que era medio galán. Su pinta tenía, sí. Bueno, más bien me acuerdo de él por tarado. Recién cuando dejé de tomar las pastillas, las chiquitas, ésas, las que me caían para el tujes, recién ahí se dio cuenta de decirme que no las podía dejar de sopetón, que tenía que ser gradual. ¡Dos semanas hacía que no las tomaba! Un hijo de puta comerciante, eso es lo que era. En ese momento no me daba cuenta.  De nada, eh. No me daba cuenta de nada. Estaba medio boluda. No era por las pastillas, Clarita. En serio te digo. La fuerza que tenía que hacer para dejar el pucho. Mamita, querida. Médico de acá, médico de allá. Hasta me hice un cronograma, con lo obsesiva que soy. No terminé medio loca raspando, eh. Años pasaron y todavía estoy esperando mejorar el gusto, el olfato… ¡Todas mentiras! Si había perdido algo no lo recuperé. Me engrupieron. Como el doctor ése, sí, sí, el galán. Yo le decía que cómo no había algún grupo de apoyo y él insistía que no, que me daba tratamiento con parches y pastillitas y eso era todo. Venir a enterarme, vos viste que el mundo es un pañuelo, que el chanta éste tenía un grupo. Sí, Clarita. Él mismo lo dirigía. Desde la clínica le mandaron un mail de invitación a mi jefe para unirse. No. Él no dejó ni fue al grupo. El otro día me acordaba… ¡Qué mal me caían las pastillitas!